La Escuela Esférica del Desasosiego

21 Feb

“Las buenas noticias: logre sacar la camioneta de la aduana en Cartagena. Las malas noticias: costo cerca de tres mil dolares entre envios, sobornos, transporte, estancia y otras cosas. Las buenas noticias: logre salir de Cartagena a Bogota. Las malas noticias: finalmente tuve que encarar las carreteras colombianas. Las buenas noticias: alguien pudo venir conmigo, Manuel Zuñiga, un artista y gran entusiasta de los viajes. Las malas noticias: Manuel no maneja. Las cuenas noticias: tomamos la ruta “sin guerrillas” por Bucaramanga. Las malas noticias: es la carretera mas topograficamente escabrosa que he transitado en mi vida. El viaje a Bogota duro 24 horas, la mayoria de ellas a 30kms. por hora detras de multiples trailers en curvas abundantes. Las malas noticias: la carretera esta completamente militarizada, y hay retenes casi cada 20 kms. Las buenas noticias: los soldados son altamente respetuosos y civilizados, y parecen simpatizar con los mexicanos por las rancheras y por Cantinflas. Las malas noticias: llevo placas americanas en territorio de guerrilla. Las buenas noticias: todo el mundo aqui cree que Alaska es parte de Canada. Las buenas noticias: despues de una estancia en Tunja, que es casi identico a Toluca, llegamos a Bogota, y montamos la escuela en la quinta de Bolivar, el lugar mas adecuado historicamente para este proyecto”

Pablo Helguera

Catalina Vaughan: En su texto Mapping the Republic of Contemporary Art es claro que el paso por Colombia fue toda una experiencia para su proyecto Escuela Panamericana del Desasosiego (EPD) que planteaba articular una serie de relaciones a partir de debates, talleres, videos e intervenciones en un recorrido que iba desde Alaska hasta la Patagonia. Se podría pensar que el debate que usted esperaba generar a su paso por Colombia (y todos los demás países) fuese en principio a partir de los temas que proponía la EPD. Al leer su texto deja ver una clara sensación de desasosiego al recordar Sueños Panamericanos, debate que se dió a través de Esfera Pública en torno a su proyecto. Esta sensación se da por una parte porque artistas que debatían con usted en Esfera Pública como Lucas Ospina y Francois Bucher no “habían visto” su proyecto. ¿No consistía este proyecto en generar o cruzar espacios de debate? Si esto es así, se podría pensar que su desasosiego emerge de constatar que así venga con una serie de contenidos predeterminados, el debate en Colombia no los tuvo en cuenta (Ospina, Bucher y otros “no vieron” su proyecto) y la EPD entró en una zona de turbulencia donde su director perdió el control (no “hace las preguntas” ni “pone los temas”) sino que pasa -como le sucedió a Carlos Castañeda- de ser “observador” a ser “observado”. ¿Si se trataba de propiciar conexiones y debate no cree que en Colombia fue donde la EPD logró con mayor nitidez sus objetivos? ¿O cree que por el hecho de que Ospina y Bucher no vieron su proyecto, o usted no puso los temas, este debate en Esfera Pública pierde validez?

Pablo Helguera: Quisiera primero decir que, desde hace muchos años, Bogotá ha jugado un papel muy importante para mí en lo personal y profesional. Hace una década, en la Universidad de los Andes, monté una exposición ahí que de hecho fue mi primera muestra individual en latinoamérica (fuera de México). En esa misma ocasión — supongo casi nadie se acordará ya — estuve involucrado en participar en un simposio/seminario titulado “el artista y el museo”, donde se trataron varios temas circundantes a la crítica institucional — algo que hace 10 años no se hacía mucho en latinoamérica. Esto viene a cuento por dos razones: una, porque desde ese momento he tenido un interés particular por establecer un diálogo con los artistas y hacedores culturales en Colombia, porque sinceramente considero que lo que sucede ahora en Colombia (igual que entonces) es de lo más interesante de latinoamérica; pero tambien lo menciono porque creo que en los debates que se dieron durante mi visita existía la percepción que yo no entendía el contexto cultural dentro de los cuales se dio este debate ( y la crítica institucional fue uno de los temas precisamente que se mencionaron). En cuanto a su pregunta: a pesar de lo que parecía, el proyecto de la EPD no pretendía “controlar” los debates- ése fue precisamente uno de los malentendidos que se dió en la polémica. Al contrario: el proyecto estaba formado con el objetivo de funcionar como un recipiente dentro del cual cada lugar le dio el significado que quiso, y mi papel era moderar. Y de hecho hubo un debate en Bogotá que tocó varios temas, escogido por un grupo de participantes que incluyeron a artistas, educadores y curadores que se reunieron en la Quinta de Bolívar donde se habló de identidad nacional. Lo que generó el intercambio en esferapública fue una reseña satírica que Lucas Ospina hizo sobre el proyecto. Mi objeción original sobre la reseña — y aún creo que se sostiene— era que al reseñar algo uno tiene que presenciarlo y no simplemente imaginarlo —creo, al menos, que eso es lo que hace la mayoría de los que escriben reseñas, ya sea de una exposición, performance, evento politico o lo que sea. El debate de esferapública vino después. El debate que este intercambio suscitó opacó al debate de la Quinta de Bolívar, pero también fue revelador de varias cosas. Es verdad que en cada sede yo fui tanto observador como observado, pero siempre estuve consciente de ese hecho (era imposible no estarlo) y de hecho estaba de alguna manera u otra obligado a jugar un papel en cada lugar, que fue desde ser “el artista mexicano,” “el educador” o “el terapista” a ser “el artista neoyorkino representante de la institucion” o lo que fuera. En Bogotá mi papel resultó ser el de la institución criticada. Por supuesto que no me gusto tener que jugar ese papel. Pero creo que, en retrospectiva, el instinto de quitar el enfoque en Colombia y ponerlo en el proyecto es indicativo de una manera de percibir la autoridad y en particular la institución que vale la pena analizar —y yo no soy la persona indicada para hacerlo. Al final, si hay algo que se puede salvar de ese debate no es de si la EPD era buen proyecto o no, o de si yo entendia a los colombianos o no, (realmente, ¿a quién le puede interesar eso?) sino de si esos debates revelan algo acerca de la manera en que el medio cultural en Colombia se relaciona con las instituciones, ya sean instituciones gubernamentales, culturales, o con la gran metainstitución que es el mundo del arte. Mi punto en ese momento, que aún comparto hoy— era que esa estrategia crítica que se le aplicó a la EPD proviene precisamente de la crítica institucional de principios de los noventa, que consiste en demonizar la institución sin proponer modelos de debate o producción que la reemplace o trascienda. Creo que mi desasosiego principal durante el debate provino del hecho que yo veía, y aun veo, al proyecto de la EPD como algo que con todos sus defectos buscaba sinceramente generar un debate común entre individuos y grupos en las américas, y que estaba motivado por intereses sinceros y por una consternación que en latinoamérica solemos criticar más que actuar. Pero al final, aunque de forma negativa, el debate de Bogotá fue irónicamente el más productivo de todos, puesto que al tratar yo de generar un debate sincero se dio uno auténtico aunque fuera a través de intercambios francamente cínicos, y los críticos del proyecto acabaron validándolo a través de la atención inusual que le dieron en el ciberespacio.

Catalina Vaughan: Entiendo que la EPD tratara de privilegiar el encuentro directo sin mediaciones de la red. Ese tipo de encuentros y debates se dieron en todas las ciudades que iba visitando. En el caso de Bogotá lo hizo en la Quinta de Bolívar y recuerdo muy bien que se dijo que habían algunos curadores, artistas y un par de estudiantes. Pablo hizo una presentación y se dió un breve intercambio. Había pocas personas pero el diálogo fluyó sin problemas. Comparando esta experiencia con la del debate en la red le puedo decir que son casos muy distintos. El de la Quinta estuvo más cerca de un encuentro académico y formal. El de Esfera Pública, como bien lo dice, fluyó de forma similar a una discusión de artistas en un Café (en la que Pablo entraba y salía a medida que recorría el país y cruzaba algunas fronteras) Igualmente, usted señala que el debate en la red habla más de la idiosincracia bogotana. Y es cierto, la ironía y la sátira son parte del DNA de esta ciudad rodeada de montañas (conocida en otras épocas como “El Tibet de Sur América”). Es más, en la gesta de la independencia de los españoles los pasquines satíricos jugaron un papel central y encarnaron ese pensamiento antihegemónico que aún no se ha extinguido en nuestro medio.

Un curador argentino residente en NYC (Carlos Basualdo) señalaba en el texto curatorial de una exposición (Rational twist) que presentó en Bogotá en 1995 que uno de los aspectos que más caracterizaban a Colombia en el campo del arte era precisamente su mirada antihegemónica. De pronto la forma como lo recibieron Lucas y Francois no era necesariamente una forma de rechazo, sino como bien lo señaló Bucher -con exquisito humor:

“Lo que recibiste fue el regalo de una especialidad santafereña, tan típica del altiplano cundiboyacense como lo es la hormiga culona para los santandereanos: la sátira. Me dirás que ese género literario de la colonia también existió en México, pero en esta región las cosas se dan distinto, del mismo modo que hay papa sabanera, que se come con guasca, también hay sátira sabanera que no se pasa casi con nada. La primera mordida sorprende por dos factores, porque no es el visitante el que muerde la especialidad sino la especialidad la que muerde al visitante”

Para mi fue también un debate inolvidable tanto por su chispa como por la serie de situaciones (el robo del laptop, los papeleos de aduana..) que enriquecían mucho este intenso y accidentado encuentro entre el “forastero” que viene de paso y dos miembros del medio local que “salieron a recibirlo”. No sé si Pablo tuvo una experiencia similar en otras ciudades. Sin embargo, no deja de llamar mi atención al leer su texto que en Caracas, Buenos Aires, Guatemala y Santiago su proyecto fue duramente criticado. En este sentido quisiera preguntarle ¿esta serie de críticas las define como algo que habla de la idiosincracia de aquellos contextos o si esta coincidencia crítica no nos refiere a la idiosincracia de su proyecto? ¿se valieron también de la sátira y el humor? ¿de qué forma esta serie de críticas y posiciones escépticas incidieron en la EPD?

Pablo Helguera: Toda conversación, debate o intercambio entre dos agentes revela cosas acerca de ambos — su idiosincracia, sus prejuicios, sus debilidades, etc. La peculiaridad del proyecto de la EPD era que en cada ciudad la propuesta era relativamente la misma — o sea, tener un debate con un grupo de gente. Pero curiosamente, los resultados cada vez eran distintos y sorpresivos. De manera que en respuesta a su primera pregunta, por supuesto que cada crítica hablaba de la idiosincracia tanto de mi o la EPD como de mis interlocutores. Pero a fin de cuentas, según yo, el experimento de deambular por todas las Americas sosteniendo mas o menos el mismo tipo de debate acababa revelando más acerca de los participantes locales que del proyecto mismo. El hacer un proyecto que consiste en viajar para hablar de ese mismo proyecto era una propuesta muy “meta” que a fin de cuentas no es demasiado interesante, y a mi me parecía en extremo narcisista, por lo que prucuraba rehuirla. Y sin embargo, irónicamente, los debates más calurosos y reveladores en latinoamerica siempre comenzaban con cuestionar el proyecto de la EPD — como fue el caso en Bogotá. Pero a la vez cada debate adquirió direcciones particulares. En Caracas el debate fue de índole primordialmente politico, pues la noción de panamericanismo es imposible verla en Venezuela hoy sin ponerla en relación con la filosofía bolivariana chavista, y ese fue el punto de partida para un enorme debate sobre las implicaciones de la integración latinoamericana y su relación con la ideología tanto de izquierda como de derecha. En Guatemala se gestó, a lo menos a mi ver, una verdadera desconfianza por mi condición de extranjero, y en particular de mexicano, y se dio un debate que parecía tener un subtexto postcolonialista. En Chile el debate no estuvo dirigido hacia mí sino, curiosamente, excluyéndome enteramente, con facciones de artistas chilenos atacándose entre sí — lo cual reveló una historia de rompimientos y politicas locales que se remontaban a muchas décadas. En Buenos Aires las críticas al proyecto más bien eran de índole conceptual o filosófico. En cuanto al humor: por supuesto caí en cuenta que la crítica de Ospina era una sátira —yo mismo me especializo en el género. Admito que había algo de humorístico en todas las cosas que me pasaron durante mi estancia en Colombia (mis percances burocraticos en Cartagena, el robo de mi laptop, mi accidente automobilistico en Cucuta, etc). Pero por otra parte es un hecho sociológico es que toda sátira denota algo que está detrás, lo cual fue evidenciándose conforme progresó el debate. Al final, creo que Catalina estará de acuerdo, nadie estaba bromeando sino que todos estaban diciendo cosas bastante serias y de hecho importantes en torno a la identidad cultural, a la tension ante el agente externo y el local, el mundo del arte, la institución, etc. Creo que ese debate, si tiene aun algo de interés, no es porque haya girado en torno a una sátira sino precisamente porque la trascendió. En cuanto al impacto que estas críticas tuvieron en la EPD, diría que al final fue positivo, pues le dieron una razón de ser, aunque fuera como agente irritante. Para mí en lo personal no fue facil sobrellevar el nivel de agresividad de algunos de esos intercambios — de hecho, me tomó un tiempo recobrarme, y fue sorpresivo en algunos casos ver el nivel de hostilidad que los debates despertaban. Pero por eso era la escuela del desasosiego, no del hedonismo. En todo caso, y sin duda alguna, cualquier debate es mejor a la indiferencia, la cual se dio en varios lugares en el transcurso del proyecto— lugares donde sin duda este experimento no cumplió sus objectivos. Particularmente en el norte —donde el debate fue demasiado civilizado— no hubo grandes descubrimientos.

Catalina Vaughan: Finalmente Pablo llega a la Patagonia, dejando atrás la camioneta (tocó venderla en el camino), los desencuentros (qué stress!) y conflictos propios de aquello que se conoce como “espacios de debate” (enough!). En este territorio austral usted dice que encontró la Bienal del fin del mundo, que entiendo es una suerte de evento internacional que físicamente “implanta” un modelo genérico de bienal en este desolado extremo de américa del sur. En ese momento le perdimos la pista. Imagino que Pablo estaba un tanto exhausto de haber cruzado todo el continente.

En cuanto a los debates y diálogos que sostuvo en toda su travesía quisiera saber ¿En alguna publicación o informe del proyecto se incorporan las voces (textos, citas, videos, entrevistas) de aquellos artistas, curadores, estudiantes y público que aceptaron su invitación a participar en estos encuentros? Lo pregunto pues su blog sobre el proyecto opera como el diario de un viajero que describe situaciones y personas que encuentra a su paso. Siempre imaginé que los debates y aportes los editaría a su regreso a NYC para luego publicarlos en la versión on line del proyecto (así accederían con mayor facilidad aquellos involucrados en los encuentros) o en una publicación final del proyecto. ¿Una vez regresa a NYC se hizo alguna exposición o presentación del archivo de la EPD con todo este material?

Pablo Helguera: A mi regreso del viaje entré en un estado casi vegetativo que duró unos tres meses. Luego comenzó una lenta fase de organización de los materiales resultantes que ha resultado casi tan compleja como el viaje mismo: el archivo incluye unas 400 horas de video, unas 5000 fotografías, centenares de materiales legales y migratorios, documentos y decenas de páginas de textos de varias personas, además de los discursos panamericanos. La misma escala del material resultante ha sido un desafío para mostrarlo. Se han hecho exposiciones de este en unas diez sedes donde este tomó lugar (México DF, Mérida, Tegucigalpa Honduras, Chicago, Vancouver, Nueva York) así como en otras donde no ocurrió ( San Juan, Habana, etc). Realicé en el 2007 un documental de una hora en español y en inglés sobre el proyecto, mas otro sobre las últimas hablantes del Eyak y Yagan y otro sobre la carretera panamericana. Se mostró un pequeño segmento del material en Cartagena en el 2008. Aún así, a pesar del tiempo que ha pasado, no he logrado darle al material una forma final —aunque también reconozco que he también necesitado tiempo para adquirir perspectiva y claridad de como formularlo. El plan, para finales de este año, es transformar lo que fue la página del proyecto como un archivo más utilizable y con los testimonios de la mayor cantidad posible de los participantes, y publicar un libro con estos materiales. Al final, sin embargo, el proyecto es un archivo, y yo espero que algún día todo el material pueda ser asumido por alguna institución que lo pueda resguardar, conservar y mantener (incluyendo la estructura misma de la escuela y la campana, que sobrevivieron el viaje y están en mi taller, estorbando, y acumulando polvo e historia).

Catalina Vaughan: Me decía en un comienzo que le interesaba atar unos cabos. Cuenteme si nos queda algo más que quisiera compartir con los amigos de Esfera…

Pablo Helguera: Este proyecto ha durado, desde su concepción, casi una década. Comenzó después del 11 de septiembre del 2001, como una investigación sobre los orígenes históricos de los principios hegemónicos estadounidenses en este continente. Mi aspiración es que algun día los cientos de voces que este proyecto documentó en video o en la web, funcionen como un mínimo retrato de un momento cultural y político de mediados de la década pasada en las américas. Creo que los cabos que me gustaría atar tienen que ver con entender cual es nuestra relación actual como productores culturales (con ello me refiero a artistas, curadores, administradores, críticos, educadores, etc) con la noción de nacionalidad y regionalismo y con el vocabulario visual globalizado que denominé en un ensayo como “la república del arte contemporáneo” —ambos temas que de hecho se tocaron de alguna manera en el debate de Bogotá. Me parece que en esta nueva década nos corresponde definirnos en relación a esos dos territorios y si bien creo que la EDP trató de trazar algunas líneas el debate en torno a estos temas ha apenas comenzado a formarse, y creo que aún queda mucho por decir.

___

Lecturas recomendadas:

Mapping the Republic of Contemporary Art, Pablo Helguera, Art Lies, primavera de 2007.

Sueños panamericanos, debate en Esfera Pública, agosto de 2006.

Escuela Panamericana del Desasosiego, Pablo Helguera, 2006.

Quisiera primero decir que, desde hace muchos años, Bogotá ha jugado un
papel muy importante para mí en lo personal y profesional. Hace una
década, en la Universidad de los Andes, monté una exposición ahí que de
hecho fue mi primera muestra individual en latinoamérica (fuera de
México). En esa misma ocasión — supongo casi nadie se acordará ya —
estuve involucrado en participar en un simposio/seminario titulado “el
artista y el museo”, donde se trataron varios temas circundantes a la
crítica institucional — algo que hace 10 años no se hacía mucho en
latinoamérica. Esto viene a cuento por dos razones: una, porque desde
ese momento he tenido un interés particular por establecer un diálogo
con los artistas y hacedores culturales en Colombia, porque
sinceramente considero que lo que sucede ahora en Colombia (igual que
entonces) es de lo más interesante de latinoamérica; pero tambien lo
menciono porque creo que en los debates que se dieron durante mi visita
existía la percepción que yo no entendía el contexto cultural dentro de
los cuales se dio este debate ( y la crítica institucional fue uno de
los temas precisamente que se mencionaron).

En cuanto a tu pregunta: a pesar de lo que parecía, el proyecto de la
EPD no pretendía “controlar” los debates- ése fue precisamente uno de
los malentendidos que se dió en la polémica. Al contrario: el proyecto
estaba formado con el objetivo de funcionar como un recipiente dentro
del cual cada lugar le dio el significado que quiso, y mi papel era
moderar. Y de hecho hubo un debate en Bogotá que tocó varios temas,
escogido por un grupo de participantes que incluyeron a artistas,
educadores y curadores que se reunieron en la Quinta de Bolívar donde
se habló de identidad nacional. Lo que generó el intercambio en
esferapública fue una reseña satírica que Lucas Ospina hizo sobre el
proyecto. Mi objeción original sobre la reseña — y aún creo que se
sostiene— era que al reseñar algo uno tiene que presenciarlo y no
simplemente imaginarlo —creo, al menos, que eso es lo que hace la
mayoría de los que escriben reseñas, ya sea de una exposición,
performance, evento politico o lo que sea. El debate de esferapública
vino después.

El debate que este intercambio suscitó opacó al debate de la quinta de
Bolívar, pero también fue revelador de varias cosas. Es verdad que en
cada sede yo fui tanto observador como observado, pero siempre estuve
consciente de ese hecho (era imposible no estarlo) y de hecho estaba de
alguna manera u otra obligado a jugar un papel en cada lugar, que fue
desde ser “el artista mexicano,” “el educador” o “el terapista” a ser
“el artista neoyorkino representante de la institucion” o lo que fuera.
En Bogotá mi papel resultó ser el de la institución criticada. Por
supuesto que no me gusto tener que jugar ese papel. Pero creo que, en
retrospectiva, el instinto de quitar el enfoque en Colombia y ponerlo
en el proyecto es indicativo de una manera de percibir la autoridad y
en particular la institución que vale la pena analizar —y yo no soy la
persona indicada para hacerlo. Al final, si hay algo que se puede
salvar de ese debate no es de si la EPD era buen proyecto o no, o de si
yo entendia a los colombianos o no, (realmente, ¿a quién le puede
interesar eso?) sino de si esos debates revelan algo acerca de la
manera en que el medio cultural en Colombia se relaciona con las
instituciones, ya sean instituciones guvernamentales, culturales, o con
la gran metainstitución que es el mundo del arte.

Mi punto en ese momento, que aún comparto hoy— era que esa estrategia
crítica que se le aplicó a la EPD proviene precisamente de la crítica
institucional de principios de los noventa, que consiste en demonizar
la institución sin proponer modelos de debate o producción que la
reemplace o trascienda. Creo que mi desasosiego principal durante el
debate provino del hecho que yo veía, y aun veo, al proyecto de la EPD
como algo que con todos sus defectos buscaba sinceramente generar un
debate común entre individuos y grupos en las américas, y que estaba
motivado por intereses sinceros y por una consternación que en
latinoamérica solemos criticar más que actuar. Pero al final, aunque
de forma negativa, el debate de Bogotá fue irónicamente el más
productivo de todos, puesto que al tratar yo de generar un debate
sincero se dio uno auténtico aunque fuera a través de intercambios
francamente cínicos, y los críticos del proyecto acabaron validándolo a
través de la atención inusual que le dieron en el ciberespacio.

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